viernes, 7 de mayo de 2010

El segundo: mi gran afición.


Después de superados los tres terceros y por lo tanto cambio de profesor, me volví a dar cuenta que el mundo no se había quedado detenido en tercero de básica, que las cosas no eran siempre iguales y que había otras distintas de la que ni tenía conocimiento que existían. Fueron años en los que me aficioné al futbolín, en los que aparecieron las chicas, en los que descubrí las buenas y las malas amistades y mi gran afición: el baloncesto.


¡El baloncesto! El baloncesto. ¿El baloncesto? Claro, entiendo que para cualquiera que me haya conocido pasada mi época de jugador, le cueste creerse que con mis dotes atléticas podía jugar a baloncesto y además contarlo y mencionarlo como mi gran afición. Pero me veo obligado a contarlo así aunque no haya jugado con los ídolos de mi época y tan sólo lo hiciera en liga provincial. El baloncesto me dio grandes satisfacciones deportivas, grandes amigos (y no sólo por el tamaño), una novia y después esposa, y grandes frustraciones asociadas a lesiones.

Supongo que los niños tratan de imitar a sus mayores y más aún si se siente cierta admiración hacia ellos. En el colegio San Ignacio había un equipo de mayores que jugaba al baloncesto en nuestra formidable cancha de tierra. A parte de eso quedaban las clases de gimnasia en las que se hacían piruetas en el potro y en el plinto y los partidos de futbol que jugábamos en las plazas públicas con alguna pelota de goma. Ante este muestrario de actividades físicas, mi demanda de movimiento y, porque no decirlo, del placer que me producía demostrar lo que no era evidente de mis facultades atléticas, pues todo ello hizo que me apuntara a jugar en el equipo de alevines del colegio.



El equipo de los "gigantes"



Y entonces comenzó la competición. Para jugar los partidos lo primero que había que hacer era preparar el campo. Para ello se ponían las canastas de mini básquet, las redes en los aros, se tapaba los agujeros, se quitaban las piedras y se pintaban las líneas: se extendía una larga manguera que hacia de guía sobre la que se echaba cal viva, se levantaba la manguera y después se mojaba para fijar la cal y que no se fuera. Y ya estaba listo para jugar.



En mi equipo había dos jugadores muy altos por lo que yo solía botar hasta el área contraria y luego lanzar el balón alto para que cayera en manos de unos de ellos. Y cuento esto porque de las pocas cosas que recuerdo de esta etapa es de un formidable gancho con destino a uno de mis compañeros que acabó dentro del aro: hoy sería canasta de tres puntos pero aun siendo sólo de dos fue una de esas canastas que dejan huella para siempre. Aunque personalmente esto fuera una gran canasta, no fue lo más relevante de esta primera liga. En aquella época no había muchos equipos y era fácil coincidir con equipos de nombre, como nos pasó a nosotros. Aquel día recibíamos al Estudiantes de Madrid en nuestro magnífico arenal. Les ganamos: creo que no estaban muy acostumbrados a tan natural pavimento. Pero claro, luego quedaba el partido de vuelta: El Magariños, recién estrenado esa temporada, con su parquet todo brillante, sus tableros colgados, sus balones de cuero. Nos ganaron, no nos ganaron, nos humillaron: ¡no había quien botara con esos balones en ese tipo de campo! Y mis dos gigantes pívots resultaron que tenían más edad de la que la categoría permitía: resultado, a parte de humillados salimos descalificados. En aquella época ganar a “un grande” salía caro. Ahora, reflexionando, creo que esos dos jugadores los “colaron” para que no se quedaran si jugar y no porque tuviéramos grandes pretensiones de victoria.



La semilla ya estaba plantada y empezaba a germinar. Como consecuencia de querer jugar a un deportes de altos empezó a preocuparme mi reducido tamaño por lo que en alguna ocasión consulté y solicite ayuda al medico para crecer más y mas deprisa. Pero supongo que viendo a mis padres el médico no observó ninguna deficiencia en mi crecimiento. A pesar de todo y me refiero a la estatura, nunca fue motivo para poner en duda mis deseos de seguir jugando como así hice durante muchos años y durante los cuales ningún rival pudo poner en entre dicho nuestra calidad como consecuencia de esta deficiencia.



Las siguientes temporadas no me dejaron ningún recuerdo puramente deportivo. Éramos un equipo de enanos que gozaba mucho de jugar pero el que no tenga ningún recuerdo significa que no debimos hacer ninguna proeza digna de mención. Personalmente si aporto muchas cosas a mi madurez. Para empezar abandonamos nuestro magnifico patio del colegio para ir a jugar a un polideportivo en La Dehesa La Villa. Eso significaba ir un día a la semana a entrenar allí más en fin de semana que jugábamos en casa. Y para ir a La Dehesa la Villa había que tomar un autobús en la plaza de Callao. Como ya he contado mi economía no era muy boyante así que esos días de entresemana que subía mucha gente al autobús me las ingeniaba para colarme: para algo tenía que servir ser bajito. Creo que yo no era el único del equipo que se colara en el autobús aunque fuera por distintos motivos y la prueba fue un domingo que tomamos el autobús temprano y no había más pasajeros que nosotros. Para el conductor fue muy sencillo contar los billetes que había dispensado y la cantidad de niños revoltosos que se arremolinaban al final de autobús y llegar a la conclusión que sobraban dos de aquellos pequeños. No, no era yo ninguno de ellos: yo era pobre pero suficientemente inteligente para saber cuando se puede uno colar y cuando no. No recuerdo que pasó con el final de esta historia….me viene a la cabeza que tratamos de convencer al conductor que había sido una chiquillada y que teníamos prisa y que no lo volverían a hacer. Ya digo, no recuerdo si nuestras súplicas surgieron efecto o tuvieron que quedarse a esperar el siguiente autobús.



Patio del colegio La Bola

Otras de las cosas que aprendí en esta nueva sede de juego fue el pudor, o mejor dicho, a perderlo. Ahora íbamos a un polideportivo público donde nos juntábamos gente de muchas edades y el vestuario era una amplia sala para cambiarse. El día que nosotros entrenábamos coincidíamos en el vestuario con un equipo de balonmano de sordomudos. Y no es que fueran sordomudos lo que se me quedo grabado, si no que andaban desnudos por todo el vestuario con la mayor naturalidad. Eso provocó en mi una profunda reflexión y una aceptación del cuerpo humano en su más explícita manifestación.


Y a pesar de mi amor al deporte y a las demostraciones de mis capacidades deportivas, resultó que al pedir un certificado de estudios para el cambio de colegio en mi nueva etapa en Alcorcón, tenía suspendida la gimnasia de séptimo de básica. En la calle La Bola sólo se daba hasta quinto de básica, el resto de cursos se daban en los bajos de un edificio de la calle Trujillo salvo las clases de gimnasia que seguían dándose en el patio de la calle La Bola para lo que había que desplazarse hasta allí. Resultó que un día llegamos al patio y el profesor no había llegado. Nos cansamos de esperar y algunos decidimos irnos, no se si a jugar al futbolín que era mi otra gran pasión, con tan mala suerte que cuando salimos a la calle vimos al profesor de gimnasia que asomaba al principio de la calle y no se nos ocurrió, o se me ocurrió, otra cosa que escondernos en un portal. E igual que nosotros le vimos a él, él nos vio a nosotros de tal forma que al día siguiente nos exigió una disculpa por escrito que por supuesto, mi orgullo me prohibió escribir con el resultado de que acabó el curso sin que yo volviera a hacer acto de presencia en su clase y un suspenso en gimnasia. Gracias a mi popularidad en el colegio y la amistad que tenía con el hijo del director del colegio, otro enano jugador de baloncesto, este me solucionó este pequeño inconveniente dejando mis notas de séptimo inmaculadas.



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