miércoles, 27 de enero de 2010

el segundo: Escalinata

La calle Escalinata une la plaza de Opera y la calle Mayor. Es una pequeña calle sin mucha fama e importancia a pesar de contar con el bar “El Pulpo” famoso por sus raciones de pulpo, y hasta hace unos años por un balneario, que ni yo llegué a conocer. Pero para mi es muy conocida e importante pues fue la calle donde viví hasta casi los 14 años. Vivíamos en un quinto piso sin ascensor, 104 inolvidables escaleras, del número 8 de dicha calle, en un piso de unos 54 metros cuadrados donde, y otra vez la magia, vivíamos mis cuatro hermanos, mis padres, alguna temporada la abuela y aún tengo entendido que mis padres se permitieron el lujo de alquilar una habitación a un cubano conocido de la vecina de enfrente que huyo de Cuba y nada más llegar a Madrid no tenia donde quedarse. Realmente no es fruto de la magia. Cuando no conoces otra cosa, lo que tienes te parece lo normal y más aún si las condiciones son aceptables. Me explico: el piso disponía de tres habitaciones, salón reservado a visitas, cuarto de estar, cocina y cuarto de baño, por lo que se puede ver que no faltaba de nada y además disponíamos de la llave de la buhardilla que nos aportó además de un formidable trastero un taller para manualidades, una sala para la máquina de tricotar y numerosos rincones donde un niño desarrolla las mil y una aventuras.

Es fácil deducir que si había tres habitaciones y normalmente éramos seis, tocábamos a dos por habitación. Claro que para poder meter todo en tan pocos metros pues hay que ajustar mucho: una cama de 80 y una mesilla que había que sacarla de la habitación al recibidor (¡que también teníamos recibidor!) para poderla abrir componía la habitación de mi hermano y mía. Si, claro, ¡dormíamos los dos en la cama de 80 cm, hasta los 14 años, 17 mi hermano!: suspicacias y demás menciones a hormonas y pubertad lo dejamos para más tarde. Mis hermanas disponía de armario y de una cama de 110 cm y la mesilla se podía abrir en la propia habitación. La de mis padres completa, hasta con tocador. El baño dio para hacer obra y poner una bañera con asiento y un rincón para esa estupenda lavadora que había que echarle agua con un cubo y recogerla después con ese mismo cubo. La cocina completa, sin microondas, y el cuarto de estar daba cabida a la mesa donde nos juntábamos a comer y a ver la televisión, cuando esta apareció.

Ahora a mis sobrinos se les ilumina los ojillos cada vez que sus abuelos hablan del piso de Escalinata, tan cerca de la calle Preciados, la Plaza Santa Ana, la Gran Vía…lugares muy atractivos para la adolescencia y la juventud…Para mi también fue un privilegio desarrollar mi infancia en tan noble escenario y no por las compras o las copas o la marcha, que antes no estaba tan extendido, sino porque me siento muy orgulloso de ser como soy, con mis errores y mis aciertos, y sin duda todo es fruto de donde y con quien has crecido.





Mi primer colegio se llamaba La Republica Argentina y estaba situado enfrente de la plaza de Lepanto, junto a la plaza de Oriente, al lado del palacio Real. Aquí hice los dos primeros cursos de mi vida y comencé a relacionarme con el medio exterior. No guardo más que recuerdos de hechos esporádicos como que antes de entrar en clase formábamos filas en un patio interior y cantábamos el Cara al Sol de nuestro himno nacional. También los brik de leche en forma piramidal que por supuesto no creo que se llamasen brik y que venían a ayudar a la alimentación de los futuros defensores de la patria. También tuve mi primera experiencia sexual, bueno, tendría que decir homosexual, cuando la maestra pilló a mi compañero enseñándome el pene que le habían operado: estoy seguro que la maestra no vio el sentido científico de tal exploración y le resulto a ella más experiencia sexual que a nosotros, pero sirvió para que quedara impresa esta inocente experiencia. Bueno, impresionante, recuerdo el nombre de un compañero de clase: Arturo San José, si se llamaba como yo. Por eso me acuerdo, no ha sido tan impresionante. Y de este colegio poco más, porque al tercer año tuvieron que buscarme otro ya que cambiaron las normas y no daban clases a varones mayores de seis años y yo ya era todo un hombrecito con los seis años cumplidos.

Colegio de La Paloma, junto al mercado de La Latina, auténtica escuela de la vida, donde apenas estuve unos meses porque mis padres veían peligrar mi integridad física pero sin duda donde aterrice en el mundo real donde aprendí, sino la diferencia, si la existencia, de conceptos como premio y castigo, trabajo y remuneración, supervivencia y fracaso. El primer recuerdo de la llegada a este colegio público corresponde con el primer día de clase y es el de un par de huevos fritos. Resulta que ahora también me iba a quedar a comer en el colegio y ese primer día había huevos fritos y aunque no llegue a las clases porque estuvimos de inscripción, si me daba tiempo a quedarme a comer como así hice.

En clase éramos muchos, no sabría decir exactamente cuantos, pero si que éramos una enorme clase más uno. Ese más uno correspondía a un compañero de bastante más edad y músculos que el resto y de bastante menos capacidad intelectual, deduzco, y que disponía de una mesa al lado de la del maestro cuya función principal, o por lo menos la que yo recuerdo, era mantener el silencio y el orden en el aula. Y lo hacía apuntando en un papel el nombre de todo aquel que infringía las normas para después formar una hilera ante el maestro para que este pudiera refrescar las reglas, a golpe de regla. Formé varias veces parte de esta sacrificada hilera y me resigne a sufrir el castigo sin pestañear a diferencia de muchos compañeros que retiraban la mano una y otra vez ante el impacto de la dolorosa regla, con el consiguiente enfado del maestro que se desestabilizaba ante la falta de objeto que golpear y la risa que nos producía a los demás aunque luego fuéramos a ser protagonistas de dicha escena.

Los recreos eran ansiados: salíamos a un rectangular patio empedrado con soportales en dos de sus lados. Allí coincidíamos todo el colegio a la vez: mi clase, que éramos de los más pequeños hasta esos gigantes a los que no llegábamos ni a la cintura. Yo quedaba con un compañero de clase de mi edad y de mis mismas proporciones para pelear con uno de esos gigantes que llamábamos El Gato. Eran peleas nobles, aunque fueran dos contra uno, cuyo objetivo no era hacer daño al adversario sino ejercitar nuestras destrezas combativas. No tengo ni idea de cómo surgió tan deportiva actividad pero allí estábamos los tres a la hora del recreo a medir nuestras fuerzas. En el tiempo que estuve sólo pude ver a la gran mayoría de mis compañeros una vez. Se hacinaban debajo de unos de los soportales a jugar al futbol con una minúscula pelota. No me atrajo su modalidad deportiva, la mía era más emocionante aunque a la postre fuera la causa de mi salida precipitada de este colegio.

De lo que aprendí o dejé de aprender a nivel pedagógico tampoco lo recuerdo pero si del pequeño negocio que monté y del que sacaba como beneficios cromos y pequeños muñecos de plástico, muchos de los cuales venían como regalo en los tambores de jabón, a cambio de hacer los deberes a mis compañeros, en especial, las cuentas que desde que aprendía las operaciones básicas me resultaba hasta divertido.

Y ocurrió un día que en ese empedrado patio de colegio donde todos salían a la vez, uno de los pequeños tropezó con uno de los gigantes y acabó de bruces, como dicen las abuelas, contra el suelo y como era un gafotas, cuatro ojos con gafas de culo de vaso y tubo mala suerte pues acabé en la casa de socorro con un cristal clavado en la ceja derecha. ¡Uf que suerte tuve, a punto de perder el ojo derecho! Pero eso se me reservaba para más adelante; ahora iba contentísimo a la casa de socorro acompañado por el simpático bedel que te alegraba la vida porque era de esas personas que transmite positividad.

Cuando mi madre me vio salir con ojo tapado por un enorme parche decidió que ese no era el colegio más apropiado para sus hijos. Supongo que fue la gota que colmó el vaso porque ahora puedo hacer el ejercicio de imaginar como llegaría la ropa todos los días después de los revolcones que nos dábamos en el patio. Y así fue como fui a parar al colegio privado San Ignacio de la calle La Bola.